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lunes, 26 de enero de 2009

Cardenal Poletto anima a médicos italianos a objeción de conciencia en caso Englaro

El Arzobispo de Turín, Cardenal Severino Poletto, animó a los médicos italianos a recurrir a la objeción de conciencia si es que les ordenan dejar morir de hambre a Eluana Englaro, conocida como la Terri Schiavo de Italia.

En una entrevista publicada en "La Repubblica", el Cardenal Poletto explicó que "dejar morir de hambre a alguien que está en estado vegetativo es eutanasia y la Iglesia es contraria a la eutanasia como cualquier otra forma de negación de la vida".

Eluana Englaro tiene 38 años de edad y en 1992 quedó en estado vegetativo tras un accidente de tráfico. En noviembre pasado, un tribunal autorizó a sus padres a desconectar la sonda que la alimenta e hidrata para dejarla morir, pero hasta la fecha los profesionales sanitarios italianos se han negado a ejecutar la sentencia.

"La ley de Dios jamás va contra el hombre. Ir contra la ley de Dios significa ir contra el hombre. Por tanto, si la dos leyes entran en contraposición es porque la ley del hombre no es buena y se revelará así por sus propios frutos", indicó.

El Cardenal Poletto consideró que "existe la posibilidad de hacer objeción de conciencia cuando la aplicación de una ley contrasta con sus propios principios" y "ninguna ley humana puede ir contra la conciencia constriñéndola a cometer actos que se contraponen a nuestras propias convicciones".

"Esto sirve para un médico que es llamado a practicar un aborto, como para el que es obligado a quitar la sonda a Eluana, o al farmacéutico que se niega a vender una cierta píldora", agregó.

fuente: ACI Prensa

jueves, 8 de enero de 2009

La guerra y el aborto

¿Resulta correcto hacer comparaciones entre la guerra y el aborto? Las diferencias entre ambos hechos son notables, pero también hay puntos de semejanza.
En la guerra luchan entre sí adultos. Dos ejércitos se afrontan directamente, hombres armados combaten entre sí. A veces mueren civiles (les llaman víctimas o daños “colaterales”), pero lo que más buscan los militares es eliminar a los hombres o mujeres armados del bando contrario.En el aborto se “enfrentan” pocos seres humanos: un “médico”, una mujer y su hijo no nacido. El pequeño es indefenso, no tiene armas, no puede hacer nada frente al deseo de quienes han decidido eliminarlo. Las guerras provocan muertos y heridos “visibles”, al menos teóricamente. La prensa, la televisión, internet, pueden ofrecer imágenes de los cadáveres, de las víctimas. Los heridos hablan en la radio o en los periódicos. Los familiares y los supervivientes cuentan la historia de lo que está pasando. El aborto se mueve en un horizonte de pocas imágenes. Nadie parece interesado en ver el cuerpo de la víctima, en saber qué ocurrió con el embrión o el feto asesinado. Una sombra de misterio y de ocultamiento busca que desaparezcan restos y recuerdos de lo ocurrido.En todas las guerras siempre hay culpables, pues no habría guerra si no hubiera injusticias ni prepotencia. A veces los dos bandos que pelean entre sí son responsables directos, y culpables, del conflicto. Otras veces unos son culpables y otros son inocentes que buscan cómo defenderse ante un agresor injusto. Por desgracia, nadie se autoreconoce como culpable y todos buscan encontrar “justificaciones” para decir por qué atacan a los otros, para decir que la culpa la tienen los enemigos. En el aborto el hijo es siempre, siempre, siempre, sin condiciones, una víctima inocente. La culpa está en los adultos: en la madre, que no lo acepta. En el padre, que presiona a la madre para que lo elimine. En el médico, que usa la ciencia de la salud para cometer un acto arbitrario, injusto, asesino: para ir contra lo que es la esencia de su profesión. Existe toda una industria orientada al mundo de la guerra. Produce y vende armas ligeras o pesadas, aviones y torpedos, submarinos y radares. A veces, muchas veces, esa industria es un auténtico negocio de miles de millones de dólares (o de euros), que se invierten para la destrucción, mientras millones de personas no encuentran ayuda para tener comida o agua potable.
El mundo del aborto se ha convertido, para algunas organizaciones nacionales o internacionales, en un negocio triste, con el que obtienen abundantes “beneficios” económicos a costa de eliminar, como en la guerra, la vida de miles de seres humanos. Miles de personas, organizaciones no gubernativas, reuniones internacionales, trabajan por eliminar las guerras, por paliar los efectos de las mismas, por ayudar a las víctimas, a los refugiados, a los heridos.
También frente al aborto una multitud de hombres y mujeres de buena voluntad ofrece ayudas a las mujeres para que no aborten, para que puedan llevan adelante su embarazo. Cuando una madre ha abortado, la asisten para que supere el síndrome postaborto y para que pueda reorientar su vida hacia horizontes de amor y de justicia . Son evidentes las diferencias entre las guerras y el aborto, así como también encontramos elementos semejantes. En ambos casos, guerras y abortos, mueren miles, millones de seres humanos. Seres humanos que no morirían si en el mundo hubiese más justicia, más esperanza, más amor, más respeto, más corazones disponibles a la acogida, a la escucha, a la vida. La guerra y el aborto son dos productos de la cultura de la muerte, de esa mentalidad que recurre a la fuerza para hacer triunfar los propios proyectos personales a costa de eliminar a los “adversarios”, a quienes pueden exigirnos justicia y respeto. La guerra y el aborto serán derrotados, serán extirpados, cuando promovamos una cultura de la vida. Hacerlo es una urgencia para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Para que hoy, y mañana, los más débiles, los más vulnerables, los más necesitados, puedan ser acogidos en nuestro mundo, puedan recorrer el camino de la vida en la justicia y en el auténtico respeto de los derechos humanos de todos, especialmente de los hijos más débiles y más pequeños.
Autor: Fernando Pascual Fuente: Catholic.net